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martes, 12 de octubre de 2010

Derrame tóxico en Hungría, ¿podría pasar en España?



Hungría y España se parecen ahora por un motivo más que ser europeos: no es la primera vez que sufren un gran vertido tóxico de una balsa de residuos mineros, ni puede que sea la última. Así lo recuerdan diversos científicos y responsables de organizaciones ecologistas, que explican las similitudes y diferencias entre la reciente catástrofe de Ajka, a 165 kilómetros al oeste de Budapest, y la ocurrida en 1998 en Aznalcóllar (Sevilla). Según estos expertos, ambos países mantienen todavía balsas sin las adecuadas medidas de control. En cuanto al vertido húngaro, las consecuencias para la salud y el medio ambiente pueden ser peores si no se ponen los medios adecuados, como los utilizados en su momento en la mina sevillana.
Enviado por: ECOticias.com / Red / Agencias, 11/10/2010, 12:11 h | (279) veces leída

España sabe qué es sufrir un vertido tóxico minero de gran magnitud. El 25 de abril de 1998, la mina de pirita de Aznalcóllar, explotada por la empresa sueco-canadiense Boliden Apirsa, ocasionaba una de las peores catástrofes ambientales de su historia. El muro de contención de la balsa de almacenamiento de residuos peligrosos se rompía y causaba una riada de seis millones de metros cúbicos de aguas ácidas y lodos tóxicos con metales pesados concentrados. El vertido afectó al río Guadiamar y llegó hasta los aledaños del Espacio Natural de Doñana. Varias toneladas de peces murieron y la zona afectada quedó contaminada durante años.

En Hungría tampoco es la primera vez que ocurre, como recuerda Miguel Ferrer, profesor de Investigación del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) y director de la Estación Biológica de Doñana cuando ocurrió el desastre de Aznalcóllar. Según este experto, el Danubio ya sufrió un vertido de metales pesados y cianuro cuyas consecuencias no se evaluaron bien. La organización conservacionista WWF añade que en este país hay otras dos instalaciones que acumulan unos 50 millones de metros cúbicos de residuos de similares características.
Ecologistas en Acción ha advertido del peligro concreto de la balsa de residuos tóxicos de Mina de las Cruces (Sevilla). Según los responsables de esta organización, la inestabilidad del material con que está construida y las condiciones de sol y humedad de la zona podrían favorecer un vertido en cualquier momento.

Greenpeace es de la misma opinión. Además de la Mina de las Cruces, apunta como explotaciones en grave riesgo a Cerro Colorado y Aguzaderas, en la comarca de Río Tinto, Aguas Blancas en Badajoz o algunas de las balsas de estériles de la industria minera del oro en Asturias. Los responsables de esta ONG aseguran que en España más de una decena de balsas mineras superan el millón de metros cúbicos, la cantidad que se estima vertida en Hungría.

El Ministerio de Medio Ambiente y Medio Rural y Marino (MARM) ha reconocido que en España hay algunas balsas "similares" a la húngara, pero ha asegurado que no son iguales ni en tamaño, ni tienen los mismos materiales o las características de la húngara.
Consecuencias para la salud y el medio ambiente

Las autoridades ambientales de Hungría ya la consideran la catástrofe química más grave de su historia. El vertido de la refinería Hungarian Aluminium Production and Trade Company (MAL) en Ajka, al oeste del país, ha dejado durante los primeros días un balance de varios muertos y cientos de heridos. Los expertos señalan que sus consecuencias tóxicas podrían aumentar estas cifras en los próximos días y meses. Por suerte, el escape de Aznalcóllar ocurrió de madrugada y no causó víctimas.
La balsa de la refinería de Ajka contenía las impurezas eliminadas de la bauxita para extraer aluminio, unos lodos rojos con diversos minerales tóxicos, incluidas trazas de materiales radiactivos. No obstante, el mayor peligro de este escape proviene de su alcalinidad. El aluminio se elabora con sosa cáustica para obtener un compuesto soluble y separarlo de los demás componentes. Su índice de acidez (pH) es de 14, el más corrosivo. En Aznalcóllar, el pH del vertido era de 5. Ahora bien, en la mina sevillana se escaparon seis veces más cantidad de vertidos que en la húngara.

La sosa cáustica es corrosiva ya sólo por inhalación y, por supuesto, en contacto con ojos y piel. Los efectos nocivos son diversos: dificultad respiratoria, quemaduras graves, vómitos, diarreas y, en función de la zona afectada, puede provocar la muerte.
Las consecuencias del vertido húngaro son evidentes. Ajka, una población de unos 30.000 habitantes, se encuentra a 165 kilómetros al oeste de la capital, Budapest, y cerca de un lago, el Balatón. El vertido ha afectado a varios condados limítrofes y ha provocado, además de los muertos y heridos, la evacuación de cientos de personas.

El torrente de barro rojo ha arrastrado coches, destruido carreteras y puentes y ha llegado a varios ríos, entre ellos el famoso Danubio, de cuyas aguas dependen unos 20 millones de personas. Según Ferrer, si no se sellan los pozos hasta determinar el nivel de peligro, el agua de consumo humano podría contaminarse.

En cuanto a su impacto ambiental, el vertido provocará la esterilización de la zona afectada. Muchos de los componentes podrían depositarse en el fondo de los cauces contaminados, que tarde o temprano generarán su nocivo efecto a pesar de no estar a la vista. En función del tipo de residuos que queden, se registrarán diversas consecuencias de tipo tóxico, mutagénico y cancerígeno. Las tierras de cultivo no se podrán utilizar hasta que se retire el vertido y el suelo afectado. De lo contrario, tardarán varias decenas de años en recuperarse.
A pesar de las diferencias entre los accidentes de Aznalcóllar y Ajka, Miguel Ferrer considera que se parecen en muchos aspectos. A los diez años del accidente de la mina sevillana, el CSIC publicó un informe que confirmaba el éxito de las labores de limpieza: apenas quedaban restos del desastre y los peces y aves habían vuelto a la zona, si bien no había la misma biodiversidad que antes.

Por ello, la labor realizada en la mina sevillana podría servir de modelo para reducir los efectos del problema en Hungría. En primer lugar, para evitar males mayores a la población, se deberían cerrar los pozos de agua, eliminar los alimentos contaminados y desalojar la zona afectada. Además de neutralizar la acidez del vertido con yeso, se deberían construir diques para contener el vertido. Las autoridades deberían ofrecer a la población afectada información basada en datos científicos independientes. También se deberían utilizar sistemas para inertizar los residuos, pero según Ferrer no se emplean en la actualidad porque son muy caros.

A partir del desastre de Aznalcóllar, España asumió tres normativas concretas: la Ley de Responsabilidad Ambiental, el Real Decreto en materia de residuos de industrias mineras extractivas y la Ley de prevención y control integrado de la contaminación. Por su parte, la Unión Europea revisó en el año 2000 su legislación en materia de gestión de residuos de minas.

Sin embargo, el experto del CSIC cree que no es suficiente. Los costes de recuperación de Aznalcóllar se han estimado en unos 200 millones. La empresa responsable de la mina no ha pagado un solo euro, así que el dinero ha salido del bolsillo de los ciudadanos. Por ello, según Ferrer, se debería obligar por ley a que estas empresas se hagan cargo y financien técnicas innovadoras.

En cualquier caso, la prevención es siempre mucho más barata y efectiva que los intentos de recuperación tras una catástrofe ambiental como la de estos vertidos químicos. Una balsa llena de grandes residuos tóxicos siempre tiende a escapar y, por ello, la vigilancia y los planes de emergencia son esenciales.
http://www.ecoticias.com/
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